
Nunca imaginé que migrar implicaría tanto más que cambiar de país. Pensé que se trataba de buscar mejores oportunidades, de empezar desde cero con esperanza. Y sí, en parte lo es. Pero lo que nadie me contó —o al menos no lo suficiente— es todo lo que se vive por dentro mientras intentas “hacer vida” en un lugar nuevo.
La ansiedad se volvió una presencia constante desde el primer día. A veces silenciosa, a veces abrumadora, pero siempre ahí. Es como tener una alarma interna que no se apaga nunca. Todo te la dispara: los trámites migratorios, la búsqueda de trabajo, el no saber si vas a poder pagar el alquiler el mes que viene, el miedo a que algo salga mal y todo lo que construiste se derrumbe de un día para otro.
Y claro, la inseguridad económica y laboral es una parte enorme de esto. Muchas veces he aceptado trabajos mal pagados o inestables solo por la necesidad de “aguantar un poco más”. No porque no tenga capacidades o formación, sino porque estar en un nuevo país te pone en una posición vulnerable. Competir en un sistema que no conoces, en otro idioma o con reglas distintas, es agotador. Vivir con lo justo, sin red de seguridad, hace que cada pequeña crisis se sienta como una tormenta.
Los trámites migratorios, por su parte, son una historia aparte. Llenos de burocracia, lentos, confusos. Uno se convierte en experto en llenar formularios, escanear documentos y esperar… esperar sin certezas. Esperar respuestas que determinan tu futuro, tu permiso para quedarte, para trabajar, para soñar tranquilo. Y mientras tanto, tu vida queda en pausa. Todo se posterga: los planes, la estabilidad emocional, incluso la idea de “pertenecer”.
Y luego viene la gran pregunta que duele más de lo que parece: ¿me quedo o me voy?
Volver no siempre es opción, pero quedarse tampoco es fácil. A veces tengo ganas de empacar todo y regresar. A veces siento que si resisto un poco más, valdrá la pena. Pero en el fondo, lo que más duele es no saber. Vivir en esa especie de limbo, entre dos mundos, sin saber dónde está “tu lugar”.
Pero también he aprendido cosas en este camino. He aprendido a pedir ayuda, a hablar de lo que siento sin vergüenza. A entender que tener ansiedad no significa estar rota, sino estar reaccionando como cualquiera lo haría en una situación así. Aprendí que no todo se soluciona rápido, pero que no por eso hay que dejar de avanzar.
Herramientas para abordar esta realidad emocionalmente
- Buscar redes de apoyo: familiares, amigos, organizaciones comunitarias o grupos de migrantes.
- Pedir ayuda profesional: Psicoterapia ( en el mismo idioma, mismos códigos culturales de nuestras raices) , grupos de escucha, espacios seguros.
- Establecer metas pequeñas y realistas, que permitan recuperar la sensación de control.
- Practicar el autocuidado emocional, como dormir bien, comer de forma equilibrada, escribir o hablar sobre lo que se siente.
Conclusión
La experiencia migratoria es un viaje de transformación, pero también de mucha incertidumbre. Reconocer el impacto emocional que tiene es el primer paso para atravesarla con más conciencia y cuidado. No se trata solo de “sobrevivir”, sino de encontrar formas saludables de habitar esa incertidumbre sin perderse en ella. Porque detrás de cada decisión migratoria hay una persona buscando un futuro mejor, y ese futuro también debe incluir bienestar emocional.
Licenciada en Psicología.
Lorena Rodriguez (Argentina)
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