
El termo queda al lado del teléfono mientras, del otro lado de la pantalla, tu vieja te muestra cuánto creció el limonero. Hablan de todo y de nada. Y justo antes de cortar, como quien no quiere la cosa, llega la pregunta: “¿Y cuándo volvés?”.
Cortás. Te quedás un rato con algo en el pecho que no es tristeza del todo, ni enojo del todo. Es otra cosa, más difícil de nombrar.
Lo que no entra en ninguna planilla
Antes de irte hiciste cuentas de todo: el alquiler, los papeles, el trabajo, el idioma. Lo que no entró en ninguna planilla es lo que aparece después, a veces meses más tarde: la sensación de haber quedado en deuda con los que se quedaron.
Se nota en cosas chicas. En el cumpleaños que mirás por videollamada y en el que te reís un poco más fuerte de lo que te sale. En la foto de la playa que no subís “para no dar envidia”. En los viejos que, de una visita a la otra, caminan un poco más despacio.
Cómo se disfraza
Esta culpa casi nunca se presenta con su nombre. Por lo general viene disfrazada:
- No darte permiso para estar bien acá. Si la vida en Barcelona te gusta, algo adentro te dice que no deberías disfrutarla tanto.
- Justificarte ante cada pregunta. Explicar una y otra vez por qué te fuiste, como si hubiera que rendir examen.
- Compensar. Regalos, giros, viajes que tu bolsillo no banca, para equilibrar una balanza que nadie te pidió equilibrar.
- Vivir con un pie en cada lado. No terminar de armar nada acá “por si acaso”, y tampoco volver.
La primera vez que me preguntaron si me había ido “para siempre”, contesté que no sabía. Lo dije rápido, como quien esquiva una pelota.
De dónde viene
Quizás porque muchos crecimos en familias donde quedarse cerca era una forma de querer. En muchos casos, irse se vive como romper un pacto que nadie firmó, aunque nadie lo diga. Y a veces hay más capas: los que llegamos con el pasaporte de un abuelo que hizo el viaje al revés traemos, sin saberlo, historias de partidas y despedidas que no son del todo nuestras.
Eso no quiere decir que la culpa tenga razón. Quiere decir que tiene historia.
Qué hacer con ella sin tener que elegir
No hace falta decidir entre quedarse y volver para aflojarla un poco. Algunas cosas ayudan:
- Separar culpa de responsabilidad. La responsabilidad pregunta “¿qué puedo hacer por ellos desde acá?”. La culpa solo repite que hiciste algo mal. A la primera se le puede contestar; a la segunda, no.
- Decir lo que extrañás en vez de justificarte. Un “te extraño” llega más lejos que cualquier explicación de por qué te fuiste.
- Armar rituales posibles, no heroicos. Una llamada fija, un audio a la mañana, una receta que cocinan los dos el mismo día. Mejor algo chico que dure que un viaje imposible cada tanto.
- Darte permiso para tener una vida entera acá. Amigos, proyectos, planes a más de seis meses. Tener raíces nuevas no es traicionar las viejas.
- Fijarte de quién es la pregunta. A veces el “¿cuándo volvés?” es solo una forma torpe de decir “te extraño”. Y a veces la voz que más fuerte lo pregunta es la tuya.
Cuando pesa más de la cuenta
Si esa culpa te impide disfrutar, decidir o descansar, quizás valga la pena mirarla con alguien. No para sacarte las ganas de volver ni para convencerte de que te quedes, sino para que, elijas lo que elijas, no lo elija la culpa por vos.
¿Cuánto de lo que sentís al cortar esa llamada es tuyo, y cuánto vino en el equipaje sin que te dieras cuenta?
Quizás algún domingo cortes y el mate todavía esté caliente.
Por Pablo Méndez Huergo – Argentino, terapeuta Gestalt certificado por la AETG y constelador familiar. Atiende en Barcelona y online. 🌐 pablomendezhuergo.com
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