
BARCELONA (Por Susana Breska Sisterna). Anatole France decía que “hasta que no hayas amado a un animal, una parte de tu alma permanecerá dormida”. Y es cierto: la historia de Romina y Chelo lo confirma.
Todo comenzó en abril de 2007, cuando Romina fue a buscarlo a casa de su amiga en el barrio de Tortuguitas. Era un mestizo pequeño, de pelaje blanco, que la conquistó al asomar el hocico desde la caja de cartón donde se escondía: “Me enamoré para siempre de ese perrito curioso con sus pequeños bigotes”. Sin sospechar que se convertirían en compañeros inseparables: juntos recorrerían gran parte de la Argentina antes de dar el salto definitivo, dejarlo todo para cruzar el charco y empezar de nuevo en Barcelona.
Nacida en Caseros, provincia de Buenos Aires, Romina Bearzi es licenciada en gestión educativa, docente en educación física y técnica en higiene y seguridad en el trabajo. Durante dieciséis años trabajó en la administración pública nacional: “Pasé de ser soldado del Ejército Argentino, a opositar y obtener un cargo permanente en la Dirección General de Educación del Ejército Argentino, como docente civil”, cargo al que renunció cuando decidió emigrar.
Y si bien en Buenos Aires tenía estabilidad laboral y una trayectoria profesional, la inflación y la inseguridad fueron los detonantes que la llevaron a planificar una emigración donde su mascota fue la única condición innegociable.

Chelo y la odisea de un viaje incómodo
En julio de 2021, cuando el mundo colapsaba por una pandemia, la joven decidió emprender el viaje rumbo al Viejo Continente. No fue sencillo, Chelo tenía 13 años y se enfrentaron a una compleja odisea burocrática y emocional para trasladarlo a Europa. “Me asesoré sobre aspectos legales en España. Lo primero fue colocarle un chip intramuscular y de esa manera estaría registrado bajo la tutela y responsabilidad de mi persona”.
A pesar de intentar viajar en cabina con certificado de soporte emocional, los cambios en las políticas de las aerolíneas tras la pandemia exigieron el uso de transportín homologado en bodega. A Romina le daba pánico que Chelo, de avanzada edad, viajara “encerrado en una jaula por más de diez horas. Pero, más miedo me daba dejarlo”, confesó.
Encontrar el transportín adecuado exigió una búsqueda meticulosa. Tenía que cumplir con las homologaciones y requería un proceso de adaptación para que su mascota se sintiera segura; una preparación minuciosa que, al final, Chelo terminó odiando. El recuerdo de sus ladridos al momento de ser embarcado en la bodega sigue intacto: la desesperación del perro flotó en la cabina durante todo el vuelo, convirtiendo el viaje en una sucesión incesante de pensamientos y temores.
La angustia del trayecto guardó, además, una amarga ironía. Sin saberlo, aquella no sería la última vez que pondría a su fiel compañero en la bodega de un avión. Al no contar con un permiso de residencia legal, la realidad se impuso en septiembre del 2021 y ambos tuvieron que emprender el camino de regreso a la Argentina. No fue hasta junio de 2022 cuando, finalmente, volvieron a cruzar el océano para quedarse.
Al llegar a Barcelona, “a mi pobre viejito me lo despacharon cual maleta”. Lo depositaron en la cinta de equipajes: “ahí fue que lo vi y corrí hacia él. Ver sus ojitos felices por el reencuentro, y a la vez como diciéndome: ‘loca, ¿dónde me metiste?’”.
Un hogar para Chelo y la empatía como clave
Moverse con mascotas, sea donde sea, tiene sus particularidades. Aunque en España la cultura pet-friendly está cada vez más extendida, encontrar un piso o una habitación que acepte animales sigue siendo una odisea que roza el caos. “Yo tuve la suerte de dar con Carmen”, relató Romina. “La contacté por teléfono, le expliqué mi situación y eso fue suficiente para que me dijera: ‘Oye, mientras se lleve bien con mi gata de 14 años, sois más que bienvenidos’”.
La habitación en casa de Carmen significó el punto de partida para comenzar a explorar la ciudad, instalarse y abrirse paso en el mercado laboral. Allí aprendió, además, que debía inscribirlo en el registro de mascotas de Catalunya. “Es un registro que se paga una sola vez y te entregan un colgante con código QR donde figuran los datos de contacto del responsable, algo que también permite llevarlo en verano a las playas autorizadas y disfrutar del Mediterráneo”.
Otra de las diferencias que más le impactó fue el pipicán: un área exclusiva en los parques para que los perros corran, jueguen sin correa y hagan sus necesidades con seguridad. “Me sorprendió la limpieza, la cívica convivencia y ver que disponíamos de bolsas, escobas y palas para dejar el espacio impecable, además de circuitos de agilidad con puentes y pasarelas”.
Durante cuatro años, Chelo y Romina se movieron por Barcelona en tranvía, bus, metro y tren.
Pero también fueron más lejos: “viajamos en ferry a Italia, nos escapamos a París a los pies de la Torre Eiffel y alquilamos una autocaravana para pasar una Navidad en la nieve de Alemania”. Querían seguir recorriendo el mundo, pero el tiempo no perdona. La salud de Chelo comenzó a deteriorarse por la edad hasta que un revés inesperado los llevó al quirófano: una operación de páncreas de casi 2000 euros.

El último y más triste viaje
Un día cualquiera, Chelito dejó de comer. “O comía muy poco, y lo poco que ingería lo vomitaba la mayoría de las veces. La veterinaria me recomendó dormirlo, pero yo me negué”, recordó Romina.
Quince días después, en marzo de 2025, la realidad la obligó a enfrentarse a lo inevitable: “Llamé a la veterinaria y le expliqué que había sufrido otra convulsión. Me sugirió que esa decisión, la que jamás hubiera querido tomar, ya no podía posponerse. Entonces nos preparamos: le dije que se podía ir en paz, que yo iba a estar bien, y emprendimos el viaje más triste de mi vida”.
Actualmente, los restos de Chelito descansan en el Cementiri de Petits Animals de Torrelles de Llobregat, en Barcelona. Romina acude a visitarlo el día 18 de cada mes para recordarle que continuará vivo en su memoria “cada día de mi existencia, como el gran amor de mi vida perruna”.

Colaboración especial de Susana Breska Sisterna
Sobre la autora: Susana Breska Sisterna es una escritora, abogada y periodista argentina, licenciada en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Misiones (UNaM) y abogada por la Universidad Nacional del Nordeste (UNNE).
Actualmente reside en Barcelona, España, donde compagina su formación jurídica con la literatura.
Obra Literaria Destacada: “Ella es Agustina” (Letrame Grupo Editorial, 2026) Es su primera novela publicada y se enmarca dentro del género negro con un fuerte enfoque social y de no ficción.